Evangelio del Día

Evangelio según San Juan 8,31-42.

Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: "Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos:
conocerán la verdad y la verdad los hará libres".
Ellos le respondieron: "Somos descendientes de Abraham y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir entonces: 'Ustedes serán libres'?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado.
El esclavo no permanece para siempre en la casa; el hijo, en cambio, permanece para siempre.
Por eso, si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres.
Yo sé que ustedes son descendientes de Abraham, pero tratan de matarme porque mi palabra no penetra en ustedes.
Yo digo lo que he visto junto a mi Padre, y ustedes hacen lo que han aprendido de su padre".
Ellos le replicaron: "Nuestro padre es Abraham". Y Jesús les dijo: "Si ustedes fueran hijos de Abraham obrarían como él.
Pero ahora quieren matarme a mí, al hombre que les dice la verdad que ha oído de Dios. Abraham no hizo eso.
Pero ustedes obran como su padre". Ellos le dijeron: "Nosotros no hemos nacido de la prostitución; tenemos un solo Padre, que es Dios". Jesús prosiguió:
"Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían, porque yo he salido de Dios y vengo de él. No he venido por mí mismo, sino que él me envió.


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
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Comentario por: Beato Columba Marmion (1858-1923), abad
Vencedores del mundo con la Palabra

Con la fe nos unimos a Cristo y el edificio de nuestra vida sobrenatural deviene por él firme y estable. Cristo nos hace participar de la estabilidad de la roca divina, contra la cual no puede prevalecer la furia de los infiernos (cf. Mt 16,18). En consecuencia, sostenidos divinamente, somos vencedores de los asaltos y tentaciones del mundo y del demonio, príncipe de este mundo (cf. 1 Jn 5,4). El demonio y el mundo, que el demonio utiliza como cómplice, nos violentan o nos solicitan. Salimos victoriosos de esos ataques por la fe en la palabra de Jesús. (…) El demonio es “padre de la mentira” (cf. Jn 8,41) y “príncipe de las tinieblas” (cf. Jn 14,30), mientras que Dios es “la verdad y la luz sin tinieblas” (cf. Jn 14,6; 1 Jn 1,5). Si escuchamos siempre a Dios, seremos siempre vencedores. Cuando Nuestro Señor, modelo en todo, fue tentado, ¿qué hizo para rechazar la tentación? Opuso la autoridad de la palabra da Dios a cada sugerencia del maligno. Debemos hacer lo mismo para rechazar los ataques del infierno, con la fe en la palabra de Jesús. (…) Lo que es cierto del demonio, es cierto del mundo: somos vencedores por la fe (1 Jn 5,4). Cuando tenemos una fe viva en Cristo, no tememos ni dificultades, ni contradicciones, ni juicios del mundo. Porque sabemos que Cristo habita en nosotros por la fe y nos apoyamos en él.

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